U.S.–Cuba Relations: Trends and Underlying Forces
Autor:
Lisandro Pérez
RESUMEN
El presente trabajo esboza los sucesos más recientes en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y en que medida tales sucesos constituyen o no indicios de un giro en la política estadounidense hacia la isla. Se analizan también los grupos que dentro del panorama político de E.E.U.U. diseñan la política hacia Cuba, y hasta que punto la aparición de nuevas fuerzas a favor de un cambio de política poseen la solidez necesaria para vencer la combinación de factores que han mantenido prácticamente inalterable la política de aislamiento político y económico de Cuba durante décadas.
En el caso de Elián González, tanto el gobierno de Cuba como de Estados Unidos asumieron una misma postura de oposición a los líderes tradicionales de la comunidad cubana del exilio y a favor de la reunificación del niño con su padre. Más recientemente los Estados Unidos han aprobado un proyecto de ley que levantaría parcialmente el embargo para permitir la venta de medicinas y alimentos a la isla. Igualmente, la flexibilización en 1999 de ciertas restricciones ha permitido el incremento de las visitas y remesas familiares a Cuba, así como el aumento de los intercambios culturales y académicos entre los dos países.
Muchos piensan que la casi inmutabilidad de la política norteamericana hacia Cuba durante cuatro décadas se debe a la presión que han ejercido los exiliados cubanos, cuando en realidad, esta presión no comenzó hasta después de 1980 con la elección de Ronald Reagan como Presidente. Previo a esa fecha, el establecimiento y continuidad de la política hostil de E.E.U.U. hacia a Cuba se generaba en Washington, y la comunidad exiliada solo tenía un papel de soporte. La presidencia de Reagan propició el auge de la participación de los cubanoamericanos en el sistema electoral estadounidense, así como el establecimiento en Washington de un poderoso grupo de cabildeo integrado por exiliados. Estos hechos desembocaron en que los exiliados cubanos adquirieran una influencia clave en la determinación de las prácticas norteamericanas hacia Cuba.
Con el fin de la guerra fría, y ante la desaparición de la amenaza que podría representar Cuba como aliada de los soviéticos, y como partícipe en conflictos internacionales, en la última década han aparecido nuevas fuerzas que abogan por un cambio de política. Este nuevo contexto ha propiciado el creciente interés de la empresa norteamericana en invertir y comerciar con Cuba, así como un mayor apoyo del Congreso por acabar con todo tipo de sanciones y embargos. La diversificación ideológica en el seno del exilio cubano, y el debilitamiento del poder de los grupos tradicionales del exilio constituyen también cambios importantes.
El presente análisis señala que los sectores a favor del embargo no son infaliblemente los más poderosos, sino que son los más enfrascados en sus propósitos y por ende tienen mayor influencia. Hasta el momento, el tema de Cuba no ofrece ninguna distinción política o económica relevante como para incentivar un activismo más intenso por parte de aquellos que abogan por buscar un cambio en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Por lo tanto, las crecientes perspectivas de cambio dependen de que los intereses de Estados Unidos — arraigados en consideraciones económicas, comerciales, de inmigración y seguridad nacional — aumenten lo suficiente como para vencer los obstáculos que se interponen al levantamiento del embargo.
EXECUTIVE SUMMARY
This briefing paper outlines the recent developments in U.S.–Cuba relations and analyzes whether these represent the beginning of a defining shift in U.S. policy towards Cuba. It assesses the forces within the U.S. political landscape that shape policy towards Cuba, and explores whether the newly emerging forces of change are strong enough to overcome the combination of factors that have maintained virtually intact the decades-old U.S. policy of economic and political isolation of Cuba.
In resolving the Elián Gonzalez situation, both the U.S. and Cuban governments were on the same side of the issue, working against the traditional leadership of the Cuban exile community, toward the reunification of the boy with his father. Other recent developments in U.S.–Cuba relations include the approval of a bill to partially lift the Cuban embargo, so as to allow the sale of food and medicines to the island, and the relaxation in 1999 of regulations which have paved the way for increased family visits and remittances to Cuba, and a greater number of cultural and academic exchanges between the two countries.
It is widely believed that pressure from Cuban exiles has been the major factor that has kept the U.S. policy towards Cuba essentially immutable for four decades. In reality, the pressure from Miami did not begin to exert itself until after 1980, with the election of Ronald Reagan as President. Prior to that time, the establishment and continuation of a hostile policy towards Cuba resided exclusively in Washington, with Cuban exiles playing merely a supportive role. Reagan’s presidency, however, led to an increased participation of Cuban-Americans in the U.S. electoral system, and prompted the formation of a powerful exile lobby group in Washington. These developments led Cuban exiles to play a key role in influencing Washington’s actions towards Cuba.
In the past decade, however, a number of forces for change in U.S. policy have emerged due to the transformations of the post-Cold War era, and the end of the perceived threat to U.S. national security posed by Cuba as a Soviet ally and as a player in international conflicts. This new context has resulted in a growing interest among U.S. businesses to invest and trade with Cuba, as well as increased support in the U.S. Congress for ending sanctions and embargoes. The increased ideological pluralism within the Cuban exile community and the weakening power of traditional exile groups also represent important shifts.
The analysis suggests that the pro-embargo forces are not inherently powerful, but that they are influential because they are the most committed players on the field. To date, Cuba has not represented a substantial economic or political prize to merit actively pursuing a change in the course of U.S.–Cuba relations for those who favour change. The prospects for change, therefore, rest on the growing possibility that U.S. interests, rooted in economic, trade, immigration, or national security concerns, might grow sufficiently in the future to overcome the pressures to maintain the embargo.